5 ago 2020

Historias de sangre, píldoras y otros temas incómodos

Soy una mujer privilegiada.

Por muchos motivos.

Pero uno de los que más me sorprende tiene que ver con la higiene menstrual. 

Este tipo de actividades están incluidas dentro del área ocupacional del autocuidado; y se refiere al manejo que realizamos de nuestro periodo, el cual está relacionado directamente con el poder acceder a los medios para hacerlo.

(De alguna manera u otra, toda ocupación tiene un lado económico, social y hasta político, ya que en terapia ocupacional siempre relacionamos la actividad con el contexto).

La higiene menstrual es uno de los obstáculos más grandes para la igualdad de género, así como uno de los limitantes para el ejercicio de los derechos humanos en niñas y mujeres.

Y me parece una injusticia ocupacional terrible que muchas niñas tengan que faltar a sus estudios porque no tienen acceso a una toalla sanitaria; y que a muchas las violen y las embaracen apenas acaba su primer periodo menstrual.

Como si fuéramos animales de cría.

(Importante decir que tampoco me gusta cuando toman de negocio a las perritas o a las gatas de raza, simplemente para vender a sus bebés)

Sin embargo, como no estoy aún formada ni tengo la experiencia para manejar esos temas, quiero hablar de lo que sí conozco, de mi experiencia sobre la higiene menstrual y la anticoncepción, aclarando que, obviamente, no es la única ni la común a todas las demás.

Porque a pesar de ser una mujer privilegiada, con educación, y acceso a los productos de gestión menstrual, no por eso he dejado de sufrir con el tema.

Y el sufrimiento está relacionado precisamente con el contexto.

Recuerdo que mis primeros periodos fueron terriblemente dolorosos, llegando al punto de incapacitarme la semana completa. También eran muy abundantes.

E irregulares.

Cuando superé la adolescencia, la recomendación de la médico fue empezar a tomar pastillas para que "mi periodo se regularizara". Ofrecían además el beneficio de la anticoncepción, lo cual fue muy útil para el momento en que comencé mi vida sexual.

Sin embargo, nunca nadie me contó que lo que hacían las pastillas era arruinar mis procesos hormonales, y obligarme a sangrar por deprivación cada mes.

Ni que en unos años iban a tener relación directa con mis problemas de ansiedad y de tiroides.

En esa época yo iba feliz por la vida porque "mi periodo llegaba juicioso todos los meses", y pensando que si bien el acné y los problemas de peso y de ánimo eran efectos secundarios fastidiosos, todo se justificaba en el beneficio de mi regularidad y en la posibilidad de evitar embarazos no deseados.

Hoy creo, que si hubiera aprendido a relacionarme mejor con mi luna, desde que era pequeña, habría tomado otro tipo de decisiones en cuanto a la anticoncepción.

Porque el asunto cuando menstruas no es sólo tener acceso a los productos de gestión/manejo, sino a la información que se te da sobre el tema.

¿Y quién decide sobre qué se te informa y sobre qué no?

Adivinaron, el sistema en el que vivimos.

(Podrían decir que los colegios o que las familias, pero, ¿dónde funcionan esos colegios y quién ha educado a esas familias?)

Y si muchas mujeres compartimos la experiencia del acoso, también compartimos esa experiencia mítica y secreta sobre la sangre: el famoso paso de "niña a mujer".

Esa desconfianza por el DIU, el tampón y la copa (que evidentemente tienen en común el tema de tener que ser introducidos).

Ese miedo de mancharte y que alguien más se de cuenta.

O ese asco por el olor a "menstruación".

O que la semana del periodo, sea la del blow job, porque guácala.

Y en general, ese no saber nada sobre nuestros ciclos, que nos lleva a confiar en todo lo que diga la médico de turno, a creer que el dolor es inevitable, e incluso, según la religión, a pensar que esa es una de las maldiciones por haber nacido con útero.

Es tan solo hasta bien llegada la adultez, que muchas de las mujeres de mi generación hemos empezado a aprender del tema:

  • Aprender que somos cíclicas.

  • Que el flujo vaginal es perfectamente normal, y que su olor, color y contextura cambia de acuerdo a la fase del ciclo. Y que el uso de protectores diarios nos puede hacer mucho daño.

  • Que pagamos un impuesto extra para comprar protectores, toallas y tampones, y que de paso con esas compras estamos envenenando el planeta.

  • Que el olor a "menstruación" lo da la interacción con los materiales con los que hacen las toallas y los tampones, y que la sangre en condiciones regulares huele, pues a sangre.

  • Que disfrutamos más del sexo durante el periodo menstrual y que no hay mejor remedio para los cólicos que un buen orgasmo.

  • Que los anticonceptivos hormonales pueden ser el invento más maravilloso del mundo para evitar embarazos no deseados, pero que a su vez pueden generar un montón más de alteraciones.


Y es que esta reflexión no se trata de satanizar los tampones, las toallas, los protectores y los anticonceptivos hormonales.

Ni de endiosar a la copa menstrual.

Ni de pretender, como parecen querer algunas, que la menstruación sea una experiencia mágica e indolora para todas (dando a entender que si te duele es porque algo anda mal en ti).

Ya cargamos con suficientes "deber ser" en la cabeza como para que, entre nosotras mismas, nos añadamos más.

Esto se trata, como casi siempre, de conversación y de información, la cual nos ha sido negada en muchas ocasiones. 

O la cual ha sido convenientemente regulada.

Porque con mejor información, tenemos mayores posibilidades de elección y mejor toma de decisiones.

Se trata de poder ver temas tan comunes como la menstruación y la anticoncepción, desde otras esferas, no desde las que nos han metido en la cabeza desde niñas.

Y de limpiarnos la cabeza de tantas ideas que tenemos.

Se trata de ser más felices, y sufrir menos.

Porque tenemos derecho a hacerlo.

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