7 feb 2019

Tiempo de Hablar, Tiempo de Cambiar




Ayer, en Ibagué, (Colombia), una mujer de 32 años se lanzó al vacío desde un viaducto en construcción, junto a su hijo de 10 años.

Hoy en todas mis redes sociales encuentro publicaciones sobre el caso, sobre el suicidio y sobre la depresión.

También hoy en el Reino Unido se celebra el #TimeToTalkDay, impulsado por el movimiento social “Time to Change”, que trabaja para cambiar la forma en que todos pensamos y actuamos sobre la salud mental.

El tiempo de cambiar es para todos. Y es ahora.

Los problemas de salud mental no son una tendencia de redes, y no debemos esperar a que este tipo de tragedias ocurran para hablar de ellos.

Y el primer paso es informarnos. Veo muchas publicaciones y siento pánico al ver la falta de conocimiento que hay detrás de ellas. Muchos dirán que lo que importa es la intención, pero como dice el dicho, “el infierno está lleno de buenas intenciones”.

Me acerco a la salud mental desde dos experiencias: como terapeuta, y como paciente.

En mi día a día veo personas sufriendo. No son todos los casos que trato, pero tampoco son minoría. Niños que lloran porque odian ir al colegio, donde se sienten fracasados, donde se sienten malos, donde se sienten infelices. A sus cuatro añitos.

Padres que sufren no sólo por sus hijos, sino por ellos mismos, porque no hay suficientes recursos para responder a problemas en el trabajo, con la pareja, con los hijos, y con uno mismo.

La terapeuta que también sufre, porque por más que lo intente, a veces su trabajo no es suficiente.

El mundo está sufriendo.

Y yo sufro como paciente también, lo cual es repetitivo porque paciente viene del latín patiens, “el sufriente”

Después de años de ansiedad tengo muy claro qué es lo que detona mis problemas.

Y tal vez piensen, bueno, si ya lo sabes, pues evítalo y problema solucionado.

Pues resulta que mi ansiedad la detona “el otro”.

Cuando estoy en casa, o en mi trabajo, sola, ocupada, haciendo lo que debo hacer, no hay ningún problema. Estoy tranquila. Confío en mí. Sé que puedo lograr lo que quiero.

Pero “el otro” entra a mi vida en forma de mi pareja, mi familia, mis socios, mis amigos y mis usuarios, sólo por nombrar las relaciones más significativas.

Y entonces empiezo a sufrir. Porque “el otro” llega siempre con sus necesidades, con sus problemas, con sus asuntos. Y “el otro” pide siempre algo de mí, que a veces no puedo dar.

Y sufro porque mi vida dista mucho de ser perfecta. Pero cuando estoy sola no hay problema, porque estoy bien así, y porque si quiero cambiar algo, está en mis manos solucionarlo.

Cuando estoy con “el otro”, no.

A veces “el otro” quiere que cambies, y te deja muy en claro esas cosas que están “mal contigo”.

A veces “el otro” sufre, y no sabe qué hacer, y uno tampoco. Y entonces sufres con él.

A veces cosas malas pasan, porque shit happens. Y no hay nada que se pueda hacer.

Y entonces, ¿qué hago? ¿suspendo todas mis relaciones personales?

He escuchado muchas cosas, que van desde el típico: “Pero, pon de tu parte, piensa positivo”, hasta el “tú decides si las cosas te afectan o no”.

La primera generalmente viene de aquellas personas que en su vida han tenido una dificultad de salud mental. Los envidio. Con toda el alma. Porque sin duda en sus genes, en su cerebro o en su crianza hubo algo que en la mía no. Y ya que cada uno habla de la fiesta según como les va, en su incapacidad para aceptar los problemas de salud mental se ve que han podido resolver de otra forma las dificultades que se les han presentado en la vida.

La segunda viene de aquellos que tienen muchas más defensas que las mías, de aquellos que han aprendido a cuidar su espacio personal, y que no sólo tienen sus límites definidos, sino fortificados.

De ellos tomo la necesidad de desarrollar mayores y mejores habilidades de afrontamiento. Y ese es el fin de mi asistencia a terapias y mi trabajo personal.

Y aunque amo a mis amigos que son así, y su forma de ver las cosas me ayuda a despejar la mente y cambiar de perspectiva de vez en cuando, también soy consciente que si mi situación fuera diferente, esas palabras serían las que me terminarían de hundir.

Como dice Dumbledore: “Las palabras son nuestra fuente más inagotable de magia, capaces de infligir el daño y de ponerle remedio”.

Por eso hablar con las personas que han tenido alguna dificultad, así no compartan mi ansiedad, es bálsamo para mi alma, porque son personas que me comprenden, empáticos a partir de la experiencia, y que en ningún momento me hacen sentir como la loca del paseo.

Porque por muy terapeuta que sea, no me he podido escapar de los prejuicios que existen sobre “estar loco”.

En un artículo que leí más temprano decía algo así como: preferiría que me encontraran cáncer a una enfermedad mental.

Bueno, en la ruleta de la vida no me han tocado enfermedades físicas presentes en mi familia, pero me tocaron las mentales.

Qué se le va a hacer.

Afortunadamente no estoy “tan loca”, no me ha pasado nada tan grave en la vida que me lleve a la institucionalización, mis problemas se manejan bastante bien con psicoterapia y no he necesitado medicarme (pero igual dependo de un buen sueño, alimentación y ejercicio para estar “bien”).

Creo que lo hago bastante bien, la mayor parte de los días.

Pero los días que lo hago mal, lo hago muy mal, y es, como les decía, en mis relaciones con “el otro”.

No soy una persona fácil de tratar, lo sé.

No soy una persona fácil de la que ser amiga, con la cual trabajar, con la cual tener una relación.

Lo sé.

Y si te resulta difícil creer esto, tal vez no somos tan cercanos, o tal vez me he cuidado muy bien de dejarte ver ese lado de mí.

Tal vez no debería estar escribiendo esto, y una parte de mí dice: "ahora sí, todos los que no sabían que eras una loca, se van a enterar".

Porque dentro de mí está el pánico de ser “una loca”.

Pero quedándome callada y sintiéndome avergonzada de mis sentimientos no voy a cambiar nada.

Hoy es el día de hablar de la salud mental.

Y esta es mi plática.

No soy una persona perfecta. Soy una persona normal. Estoy tan llena de prejuicios culturales como cualquier otra persona. Busco día a día ser tan feliz como cualquier otra persona. Tengo habilidades excelentes, como cualquier otra persona. Tengo habilidades deficientes, como cualquier otra persona.

Pero no estoy loca. Nadie lo está. O si lo estamos, entonces todos lo estamos.

Mis deficiencias son de tipo socio-emocional, y como neuro-terapeuta sé que la única forma de desarrollarlas es a través de la práctica. Por eso lo sigo intentando. Sigo tratando de mejorar mi relación con “el otro” y conmigo misma.

Hay días en que me va bien. Hay días en que no tanto.

Hay días en que estoy llena de dolor.

Como hoy, en que no me he podido concentrar en mi trabajo porque tengo en mi cabeza la imagen de una mujer de mi edad, desesperada, saltando al vacío con su hijo de 10 años.

Y las imágenes de los seres queridos que he podido perder porque han estado a segundos de la misma decisión.

Y el dolor de amigos que ya han perdido seres queridos así.

El dolor de madres que intentan hacer lo mejor posible por sus hijos y saben que no es suficiente. El dolor de padres que no saben qué hacer porque les enseñaron que su labor es ser los proveedores de la casa y nada más.

El dolor de los niños que tienen aún menos habilidades que las mías y no saben cómo expresarse y sólo pueden llorar, hacer pataleta y pegar.

El dolor de mis amigas que se sienten insuficientes, en sus casas, en sus trabajos, en sus matrimonios. Y el de mis amigos que no son “malos”, pero siguen “haciéndolas sufrir” y comienzan a resignarse a quedarse solos, porque tener una relación es demasiado esfuerzo.

El dolor de mis compañeros que escuchan historias horriblemente violentas entre las cuatro paredes de sus consultorios.

El dolor de los que sufren en silencio, y reuniendo todo el valor del mundo se han acercado a nosotros para que les ayudemos de alguna manera.

Hay días en que mis neurotransmisores alteran significativamente su funcionamiento, y no estoy llena de la adrenalina y cortisol que tengo normalmente por la ansiedad y el estrés, sino que tengo una baja significativa de dopamina que me liga a la depresión y que trato de solucionar desahogándome por escrito, llorando y atracándome con dulces.

Otros en que lo controlo mejor, porque simplemente me cierro al mundo, a las noticias, a la conversación. Días en que me quedo conmigo porque es mejor. Y me pierdo de los demás.

Pero ninguna de estas cosas soluciona el asunto.

Ninguna de ellas me hace inmune a que otro día me vuelva a sentir así.

Son sólo medidas de contingencia.

Porque hay algo en mí que es diferente, no sé si en mis genes, o en mi cerebro, o en mi mente. Y aunque he aprendido a pensar más positivo, y a poner más de mi parte, y a no dejar que cosas del “otro” me afecten, no se termina de quitar. Es algo que está en mi cuerpo, porque mi cerebro también hace parte de él.

Por eso es que parte del cambio que creo debemos promover hoy está en dejar de ver las alteraciones mentales como una cosa intangible y aislada del cuerpo. Como algo que alguien se “está inventando”.

A ver si empezamos a prevenir tragedias como la de ayer.

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