La semana pasada estuve en un maravilloso evento organizado
por el Programa de Intervenciones en Salud Mental de la Universidad Javeriana: “Para
que suceda… el buen vivir”. Durante dos días pude escuchar diversas opiniones
sobre temas tan importantes como los escenarios de conflicto, el poder de lo
femenino y las nuevas maneras de ver lo masculino, la salud mental en el
trabajo, y… las rupturas amorosas y el desamor.
(Para el que pueda sentirse un poco confundido, es
importante resaltar que uno de los propósitos de este programa es cambiar el
imaginario de la gente sobre la salud mental, con lo que estoy completamente de
acuerdo. Hablar de Salud Mental no es sólo hablar de trastornos, es hablar de
lo que día a día influye en nuestro bienestar)
Los que me conocen saben que creo que todo sucede por una
razón, y escuchando hablar de temas que me tocan tan de cerca, no pude evitar
comenzar una reflexión interna que me ha puesto ante el teclado el día de hoy.
Todo comenzó en la ponencia sobre “Lógicas de paz y
convivencia”, donde el Filósofo Manuel Ramiro Muñoz explicaba que el proceso de
reconciliación y perdón de las víctimas del conflicto armado comienza con conocer la verdad.
Continuó con las palabras de la increíble líder Daira
Quiñones Preciado en el conversatorio “La Fuerza de lo Femenino” acerca de la
necesidad de preguntarse a uno mismo ¿Quién
soy yo? Y de ver lo femenino no sólo como lo suave, sino con la capacidad
de denuncia que trae la Sagrada Ira.
La jornada del lunes finalizó (para mí) con el taller
vivencial sobre “Masculinidad y Patriarcado” impartido por el Licenciado Javier
Omar Ruiz. Fue maravilloso acceder a la corriente de pensamiento que representa
su colectivo, y qué se pregunta cómo hacer más fácil el ser hombre en Colombia,
cuando desde que nacen se les impone un equipaje de género que los limita (y a
nosotras también) y que les hace estar siempre en deuda de ser hombres.
La mañana del martes fue toda sobre el trabajo, con las
ponencias sobre “Escenarios Laborales” y “El trabajo colectivo en el alcance de
la salud mental”. A pesar de la temática que da en sí para una reflexión
gigantesca, se me quedó una frase en particular: “Los jóvenes de hoy deben asumir que finalmente nada es para siempre”. Y una preocupación en especial al
escuchar que efectivamente los
colombianos tenemos dificultades para reconocer los sentimientos del otro.
Ese día compartí un almuerzo muy especial con una vieja amiga,
del cual quedó una inquietud sobre vivir
con máscaras, y la pregunta sobre si pedir una relación igualitaria y
recíproca, que no tenga una lucha por el poder, ¿será mucho?
Claro, todo estaba relacionado con el último taller al que
asistí, ese sobre “Rupturas amorosas, ¿corazones rotos?” (porque soy así de
masoquista) donde a través de historias, canciones e intercambios, el psicólogo
Oskar Corredor terminó de sembrar una gran reflexión en mi mente.
Y es que, ¿qué hace que una mujer supuestamente inteligente
termine metida en una situación que no permitiría que otra persona viviera? ¿qué
hace que "me convierta en víctima"?
Y esta palabra en realidad me golpeó, porque ¿cómo voy a
usar para mí la misma palabra que designa a personas que han tenido que dejar
sus hogares, que han perdido a sus familias, que han sufrido en carne propia el
dolor y el daño?
Además, la palabra está fuertemente relacionada con un
concepto que odio, el “victimismo”. Siendo criada en una cultura de
telenovelas, estoy familiarizada con el estereotipo de la mosca muerta que todo lo toma personal y hace girar el mundo a su
alrededor.
¿Se puede ser víctima sin hacerse la víctima?
Wikipedia me dice que hacerse la víctima es responsabilizar erróneamente
del daño al entorno o a los demás.
La RAE dice que ser víctima es sufrir o padecer un daño
hecho por causa ajena o fortuita.
Parece ser que el daño persiste, pero la diferencia es a quien se le atribuye
y por qué razones.
Así que, ¿de quién es la culpa de que haya sido dañada?
Me hago la víctima si le echo la culpa solamente a la otra persona y a la
sociedad en la que vivimos, la cual es en parte responsable de nuestra crianza.
Pero decir que soy víctima implica reconocer que sufro por causa ajena y que se
me hizo un daño que no debería ser posible.
Y siempre he pensado que uno debe ser responsable de sí
mismo, y que lo que hagan los demás sólo puede afectarte en la medida en que lo
permitas.
En serio, ¿qué hizo que una mujer que se autodenomina inteligente
aguantara cosas inimaginables, para que al final, de todas formas terminara con
el corazón roto? ¿Cómo no sentirme una víctima cuando muchos dicen entre susurros "pobrecita ella, supiste lo que le pasó"?
- ¿Qué pasa si nunca conoces LA verdad? ¿Acaso no vas a encontrar la reparación y la reconciliación que necesitas para vivir en paz?
- ¿Qué pasa si el solo hecho de ser mujer y vivir en una sociedad patriarcal significa que vas a sufrir por amor siempre? (Y lo siento por todo aquel que se burle del uso del término “patriarcado”, pero así es nuestra sociedad, ¿qué puedo hacer?)
- ¿Qué pasa si sigues luchando y creyendo en un “para siempre”?
- ¿Qué pasa si lo único que deseas es poder seguir siendo tú aunque tengas a otro al lado?
- ¿Qué pasa si, en últimas, hay muchas cosas que no dependen de ti y no puedes controlar, porque son asunto de ese “otro”?
¿Qué puedo responder hasta ahora?
- Que esto permite que cargues sólo con lo que te corresponde. Porque no puedes seguir tu viaje cargando el equipaje del otro.
- Que todas las cosas pasan a consecuencia de una decisión. El otro toma la suya y es responsable de sus consecuencias. Pero tú también tomas la tuya y debes asumirla como tal.
- Que sin duda, tengo que mejorar mi toma de decisiones, porque fue lo que me trajo aquí.
(Creo que mi psicólogo y yo vamos a tener una gran charla al
respecto, y mucho trabajo por hacer)
Me rehúso a decir que soy una víctima a pesar que se me hizo
daño, y me rehúso a hacerme la víctima diciendo que todo fue culpa de la otra
persona.
Conforme más pasa el tiempo me doy cuenta de más cosas y me
entero de otras tantas. Pero me rehúso a dejar que los errores del pasado
afecten mi futuro. Me rehúso a sufrir ahora por cosas que en su momento no
sufrí, simplemente porque no las sabía. Me rehúso a sentir daño retroactivo.
Puede que haya sido víctima pero no es una etiqueta ni un rol con el que me vaya a quedar de por vida.
Acepto las consecuencias y el aprendizaje que es mi
responsabilidad (precisamente por ser irresponsable conmigo misma), y lo único
que me queda es asegurarme que no vuelva a cometer los mismos errores (y hablar de lo que aprendí, para que mi
experiencia pueda servirle a alguien más).
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