Editorial para Cerebrando (Boletín informativo del colegio Santiago de Compostella)
“Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una buena fortuna, debe estar en búsqueda de una esposa”
Con esta frase inicia una de las obras más reconocidas de la literatura inglesa, “Orgullo y Prejuicio”, en la que Jane Austen a partir de las vivencias de sus personajes hace una reflexión sobre la forma en que los prejuicios pueden afectar decisiones de vida tan importantes como con quién vas a pasar el resto de la vida.
Con esta frase inicia una de las obras más reconocidas de la literatura inglesa, “Orgullo y Prejuicio”, en la que Jane Austen a partir de las vivencias de sus personajes hace una reflexión sobre la forma en que los prejuicios pueden afectar decisiones de vida tan importantes como con quién vas a pasar el resto de la vida.
Los prejuicios, opiniones preconcebidas, nos afectan de forma más fuerte cuando conocemos personas nuevas, pero desafortunadamente también pueden afectar nuestras relaciones con viejos conocidos, incluyendo a nuestros hijos.
La neurociencia ha comenzado a estudiar las bases neurológicas de los prejuicios, en un intento por comprender la forma como nos relacionamos. Dentro de una sociedad que busca más activamente la igualdad, es difícil entender por qué siguen existiendo los prejuicios, y la respuesta parece estar en miles de años de evolución cerebral, en los que desconfiar del otro, del que parece diferente, era la base para la supervivencia. En la prehistoria era saludable temer a lo diferente, acercarnos con precaución a lo nuevo. Pero ahora no.
Y menos cuando lo nuevo, lo diferente, son nuestros propios hijos o estudiantes. Socialmente se han venido reconociendo cambios generacionales, llamando a diferentes grupos generación “x”, “y” o “z” (¿recuerdan La Pelota de letras?), y se han venido resaltando las diferencias que crean brechas entre estas generaciones. Pero eso aún no ha calado tanto dentro de nuestros comportamientos sociales, como por ejemplo para mejorar la comunicación dentro de una familia como la mía, en que mis padres son miembros de la Generación Jones, yo son Y, y mi hermano pertenece a la Z.
Lo veo a diario, cuando parientes mayores buscan que los chicos de la casa se comporten como lo hacían los niños de los 80’s, y cuando los adolescentes se frustran porque sus padres no entienden la importancia de su vida virtual. Y entonces pienso en como los prejuicios nos pueden afectar, cuando nos acercamos a un niño con una idea preconcebida, un prejuicio, sobre lo que debe ser y sobre cómo se debe comportar.
La buena noticia es que, aunque establecer prejuicios hace parte de nuestro cableado básico, por decirlo de alguna manera, sus efectos en nuestro comportamiento pueden ser contrarrestados por creencias personales de igualdad y normas pro-sociales (actitudes que buscan promover conductas sociales positivas y altruistas).
Así que podríamos empezar por cambiar nuestra reacción frente a conductas y comportamientos que no comprendemos en los demás. ¿No serán nuestros prejuicios los que hablan cuando afirmamos “debes hacer esto o no debes hacer esto”? Aunque no estemos seguros, un buen primer paso es comenzar a preguntárnoslo.
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