12 dic 2010

Ninjutsu: muchas cosas para pensar, o más bien para sentir


Han pasado ya un poco más de 3 años desde que entré a mi primera clase de ninjutsu, y debo decir que esa primera entrada fue digna de una ninja, tan sólo mis padres sabían que estaba allí, y tuve la precaución de pedir al shidoshi-ho que no contara a nadie quién era yo ni qué tipo de relación tenía con la escuela, hasta que yo no decidiera decirlo. A decir verdad soy pésima guardando secretos, por lo que el mismo duró como mucho una semana; tal vez habría sido más fácil guardarlo por completo desde el principio ya que es más fácil si un secreto lo es para todos en lugar de para unos pocos, pero las cosas no transcurrieron así.

Pero qué razones tenía yo para ocultar mi presencia en la escuela? O qué razones tenía yo para estar allí en primer lugar?
 
Protección.
 
Fuerza.

Independencia.

Tales eran mis razones para empezar a entrenar.  Ser capaz de empezar por mi misma en un mundo “desconocido”, aprender a defenderme, y salir sola de ese pequeño nicho en el que me había pasado asustada los últimos 3 meses, temerosa de las cosas que podría encontrarme en la calle.

Pero en realidad no fue un acto tan valiente como puede parecerlo en estas líneas, mi interés por lo novedoso y desconocido tiene ciertos límites, y mi elección se limitó a una actividad en la que no había participado nunca, pero en la que podía contar con cierto apoyo, algo que hiciera las cosas un poco más fáciles… y así, sin conocer mucho más allá de lo que decía una página web o lo poco que había visto y oído por ahí, me lancé de cabeza al que era el nicho o grupo de apoyo de mi entonces novio.

Como dije al principio, tal vez las cosas hubieran sido más fáciles si hubiera mantenido por completo el secreto de mi presencia allí, si no hubiera dicho quién era hasta que ya no fuera posible callarlo; sin embargo, muy probablemente las cosas habrían sido un poco más difíciles de lo que de por sí fueron, de lo que siempre han sido.

Para una niña, patosa y llorona como yo, comenzar con una actividad física tan exigente en términos de resistencia, flexibilidad y técnica como lo es el Ninjutsu fue verdaderamente chocante; al día siguiente de mi primer entrenamiento me dolían cada uno de los músculos de mi cuerpo, me sentía patética en todo el asunto de la gimnasia, y ni hablar de todas aquellas técnicas con giros de por medio donde termina al revés, y en ocasiones mareada. Sin embargo, me gustaba, y mucho, el hecho de ser un poco más resistente cada vez, de concentrarme para incorporar todo el vocabulario técnico en mi repertorio de japonés (que en ese entonces no iba más allá del domo arigato gozaimasu) y de practicar para “aprenderme” cada técnica me encantaba… en realidad me sentía muy orgullosa de mí misma.

Ahora, 3 años después, me doy cuenta que ese sentimiento de orgullo es la principal trampa en mi proceso de entrenamiento; de lo primero que se nos enseña es a dejar el ego en la puerta del dojo, porque siempre que termina entrándose a escondidas causa estragos terribles.

Pero bueno el caso es que en ese entonces me sentía muy orgullosa de mí misma, muy orgullosa de seguir entrenando a pesar de lo difícil que era para mí, muy orgullosa de haber dejado de ser una mukyu y muy orgullosa de estar dedicada a convertirme en 9no kyu; a veces también me sentía triste, por no poder hacer los seminarios de armas o de idiomas que tanto quería, o porque no había más niñas en el dojo y eso terminaba haciéndome sentir como que tenía que convertirme en un hombre para seguir mejorando (recuerdo la primera vez que me dijeron “kunoichi” fue como “WOW, esa técnica me tuvo que haber salido muy bien” XP), a pesar de eso me sentía muy cómoda entre los muchachos, quienes a la larga se terminaron convirtiendo también en mi grupo de apoyo en un año que fue bastante largo y también muy solitario.

Me empeñé en convertirme en 9no kyu  antes de llegar a Bogotá, no sólo por puro orgullo, sino también por inseguridad (una cosa lleva a la otra), puesto que ya había visto el nivel que manejaban y porque el halo del buen ninjutsu del shidoshi bogotano llegaba hasta mi casa.

A pesar de eso, a Bogotá llegué primero yo y luego llegaron mi uniforme y mi cinturón rojo, así que básicamente llegué siendo mukyu :P, tal vez lo más significativo del tener o no tener uniforme se hizo más claro cuando llegué el primer día con el mío “ahora si se le puede pegar con confianza”, me dijo otro shidoshi-ho, así que con sólo tener el uniforme puesto me había echado otra preocupación encima.

Preocupación.

La palabra que resume ese primer año de entrenamiento, acompañada de

Confusión

Tristeza

Big Bang

Las otras palabras que resumen mi primer año en Bogotá.

La verdad es que ese primer año no entrené con juicio, a pesar de que no faltaba nunca, estaba demasiado ocupada procesando muchas cosas como para poder avanzar en algo de mi técnica… mi resistencia… o mi flexibilidad. Sin embargo, no me arrepiento, porque el dojo se convirtió en mi segundo hogar en la ciudad, a pesar de todo y a pesar de todos (o más bien debería decir de él (aún así gracias por haber sido el canalizador de tantas cosas buenas que hay en mi vida hoy)), aunque al día de hoy me habría gustado darme cuenta de muchas cosas entonces para haber comenzado antes a quitarme tantas mañas que afectan mi entrenamiento…

Mi mala postura…

La baja tolerancia a la frustración…

Y el rol bien interiorizado de “soy niña, no debo pegar y tampoco me deben pegar”

Pero bueno, ya lo he dicho, pasé ese año lidiando con otras cosas, principalmente con el “yo puedo”, que terminó convirtiéndose en un dedo subluxado, y a continuación con el “yo no puedo” que terminó en una huida aterrorizada de los exámenes de ascenso (completamente diferentes a los dos que ya había presentado, y nada que ver para mi orgullo/inseguridad).

Luego un año largo en hiatus, año que pasé extrañando la práctica y extrañando a mis compañeros, pero sin querer volver del todo hasta que no tuviera clara mi motivación al respecto; motivos que a mitades de este año dejaron de importar, simplemente quería volver y volví.

Volví sin 90 Kgs en mi espalda, volví en un momento ideal para aprender el arma que tanto amo, volví a un espacio mucho más cómodo en términos de tiempo y lugar, y volví a una familia que sigue siendo la misma a pesar que todos hayan cambiado.

Sin embargo, llegué a un momento de mi vida en el que no puedo tener dualidades, ni dudas, en el que debo estar dispuesta a sacrificar este viejo yo mismo para poder avanzar, o mejor como dice Hatsumi-sensei para poder cambiar en lugar de avanzar.

Llegué a un punto en que debo solucionar muchas otras cosas de mí misma antes de poder mejorar mi técnica, afortunadamente llegué a un punto en que finalmente puedo comenzar a cambiar lo que realmente importa porque ya he solucionado muchas de esas nimiedades que invadían mi cabeza anteriormente.

Y es por eso que ahora, en este punto tan revolucionario en mi vida, entiendo que debo parar y aprovechar las vacaciones para descansar un poco y recuperarme.

El Ninjutsu es vital para mí, desde todos sus aspectos, lo físico, lo mental, lo emocional y lo espiritual, pero también es muy difícil, y sabiendo que “aún queda mucho por trabajar” y que “si el entrenamiento no se disfruta no tiene sentido” es momento de descansar, hacer las paces conmigo misma, mi cuerpo torpe y mi mente delicada, y recaudar energía para continuar con este camino de convertirme en realidad en una Kunoichi.

No hay comentarios.: